El té verde tiene sus raíces en China, donde se cultiva desde hace más de 4.000 años. Según la leyenda, el emperador Shen Nung descubrió la bebida en el año 2737 a.C., cuando unas hojas cayeron accidentalmente en agua hirviendo. A diferencia del té negro, el té verde no pasa por un proceso de fermentación: sus hojas se recogen, se secan y se someten a un ligero calentamiento para preservar sus compuestos naturales. Desde China, el té verde se expandió a Japón en el siglo IX, donde se perfeccionó la ceremonia del té, y posteriormente llegó a Occidente a través de las rutas comerciales

El té verde es rico en catequinas, especialmente la epigalocatequina galato (EGCG), un potente antioxidante. También contiene cafeína en menor cantidad que el café, junto con L-teanina, un aminoácido que favorece la relajación sin producir somnolencia. Diversos estudios sugieren que su consumo regular puede ayudar a mejorar la función cognitiva, apoyar la salud cardiovascular, contribuir al control del peso y reforzar el sistema inmunológico. Además, sus propiedades antiinflamatorias lo convierten en un aliado frente a ciertas enfermedades crónicas,

Para disfrutar de un buen té verde, la clave está en la temperatura y el tiempo de infusión. El agua no debe hervir: lo ideal es calentarla entre 70 y 80 °C, ya que el agua hirviendo quema las hojas y produce un sabor amargo. Se recomienda usar una cucharadita de hojas por taza y dejar reposar entre uno y tres minutos según la intensidad deseada. El té verde de calidad puede reutilizarse hasta tres veces, obteniendo matices distintos en cada infusión. Conservarlo en un recipiente hermético, lejos de la luz y la humedad, mantiene intacto su aroma y sus propiedades

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